Entreflores
4 08 2008Yo no querÃa volver. Se lo habÃa repetido miles de veces a mi padre pero para él sólo existÃa una disyuntiva: sà o sÃ. Partimos de madrugada en aquel coche destartalado, el coche de toda la vida que mi padre se negaba a cambiar, era ya como otro miembro de la familia. Salimos con la fresca pero a la que el sol empezó a asomarse y a filtrarse por las lunas del coche, empecé a maldecir de nuevo a mi padre y su deseo tozudo de volver al pueblo de mi madre, Entreflores.
Inesperadamente, el bochorno y el aburrimiento se aliaron a mi favor y pasé el resto del viaje totalmente sumida en un sueño profundo. Mi padre hizo sonar el claxon del coche y me desperté súbitamente: estábamos entrando en el pueblo, en la entrada estaba la vieja cantina, con los mismos escasos clientes tomando la sombra bajo los parasoles patrocinados por una marca ya extinta.
- Saluda a tus tÃas, niña.
TodavÃa un poco desorientada caà en la cuenta de que nada evitarÃa un verano más allÃ. Unos metros más allá, en la otra acera, estarÃa el viejo caserÃo de mi abuela materna. Mis tÃas regentaban la cantina, el único atisbo de ocio de aquel perdido pueblo de la sierra.
Ayudé a sacar las maletas a mi padre mientras mis tÃas nos daban la bienvenida con sonoros besos y gestos de alegrÃa. Devolvà con resignada efusión sus entrañables muestras de cariño mientras, sin querer, sentÃa un enorme vacÃo.
- Pasa, corre… Está guapÃsima.
Dijo mi tÃa Marga mientras me quitaba la maleta con una mano y me empujaba hacia el portón con la otra.
- Anoche le dijimos que llegabais hoy y ha pasado toda la noche muy inquieta.
Intenté sonreÃr por fuera, estremecida por la dulzura con que mis tÃas hablaban de ella. En aquella solariega estancia de mi abuela vivÃan mis tres tÃas que cuidaban de mi madre, Rosa. Yo tenÃa cinco años cuando ella calló en un coma irreversible causado por un infarto cerebral, hacÃa ya diez años.
- Rosa ¡mira quién está aquÃ!
Mis tÃas trataban de mantener bien iluminada su habitación, decorada con flores y fotos. En la cama, empotrada, como siempre, yacÃa mi madre, con su rostro inexpresivo y su cuerpo inerme. Era el lugar más triste del mundo pero mis tÃas lo inundaban de una alegrÃa sobrecogedora. Apenas pude rozar su mano. No podÃa. O no querÃa.
- ¿Dónde está la abuela? Pregunté.
- Ahora vendrá. Ha ido a ponerle flores al abuelo, como cada domingo.
Dijo mi tÃa Jacinta, mientras alisaba las sábanas de la cama de mi madre.
- ¿Estarás ya contenta, eh, Rosa? Ya la tienes aquà otro año. MÃrala, qué grande está. Es una mujer ya… ¡y es clavadita a ti!
Mi padre entró por la puerta, me dio un beso en la frente, se acercó a mi madre y le susurró algo al oÃdo.
- Voy a ver a la tÃa Hortensia. Le dije.
Mis tres tÃas rozaban los cincuenta pero ninguna de ellas se habÃa casado. Entre las tres cuidaban de mi madre y de mi abuela y regentaban la cantina. Pero estaban lejos del manido prototipo de mujer solterona; eran alegres, vivas y ociosas. No paraban en todo el dÃa, adoraban cocinar y cuidar del hogar. ParecÃan disfrutar con su vida allÃ.
Salà del caserÃo y en vez de ir a la cantina a ver a mi tÃa Hortensia, decidà ir al cementerio a encontrarme con mi abuela MarÃa. El camposanto estaba en el punto más alto del pueblo, el camino empedrado que llevaba hasta él estaba lleno de flores silvestres y coloridas que dotaban de una particular hermosura a aquel inhóspito lugar.
Casi sin aliento llegué a la verja del pequeño cementerio. Mi abuela MarÃa limpiaba con esmero la lápida de mi abuelo, fallecido antes de que yo naciera.
- Hola, yaya.
Le dije desde la puerta, tÃmidamente.
- ¡Mi niña!
Soltó lo que tenÃa en las manos y se incorporó delicadamente. Yo me acerqué y ella se quedó allà plantada, mirándome fijamente de arriba abajo con una sonrisa que le iluminó el rostro.
- Eres igualita que tu madre. Igualita.
No paraba de repetir mientras me comÃa a besos y me sujetaba el rostro con sus manos temblorosas. Entré con ella y la ayudé a cambiar las flores, varias fotos decoraban la soleada y cuidada lápida de mi abuelo MartÃn. Luego bajamos del cementerio en silencio, el florido manto que cubrÃa el sendero le daba aquel aire espiritual, no hacÃan falta cipreses. Cuando nos acercábamos a la calle Mayor, donde se encontraban el caserÃo y la cantina, mi abuela me preguntó:
- ¿Has visto qué guapa está tu madre?
- Voy a ver a la tÃa Hortensia. Enseguida vengo.
Contesté secamente. Volvà a sentir otra vez aquel vacÃo alojado en la boca del estómago, el mismo vacÃo de cada verano, la misma sensación de reencuentro, la misma sensación de pérdida.
Sentà cómo mi abuela me miraba triste, habÃa perdido su alegrÃa habitual que impedÃa traslucir su rostro cansado y mustio:
- No olvides jamás a tus muertos, niña. La verdadera muerte es el olvido.
Me giré antes de cruzar la acera:
- Mi madre muere cada verano, abuela.
Y continué mi camino.
[Publicado en Literatúngara para el reto literario # 1]
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Tener el privilegio de jugar en casa siempre es ua suerte para quien es capaz de disfrutarlo, en este caso yo.
Me encantás cuando te apasionas.
me ha gustado mucho el relato.
como nunca me entero de nada, no sé bien del todo de qué va esto de los retos literarios, pero si te sirve de algo, me ha sobrecogido la imagen mental que creas.
tienes una forma de escribir que transmite algo, haces que el lector se transporte y vea lo que le cuentas y creo que es fascinante poder hacer eso.
un saludo y suerte en el reto ese.
Mi padre murió cuando yo tenÃa seis años, el velatorio en nuestra pequeña casa, el muerto en la cama de matrimonio de mis padres. “Dale un beso a tu padre”, no se lo di, aquello no era mi padre. Aunque no lo supe hasta los quince o diceiseis años, desde aquella noche fui ateo.
@Urodonal: yo también vivà el velatorio de mi abuelo en casa. Yo me he criado con mis abuelos asà que era casi como mi padre… Tampoco lo olvidaré nunca pero fueron otras cosas las que me hicieron volverme atea. En fin… el relato es una invención pero creo que las sensaciones son muy comunes. Gracias por tu visita, es todo un honor.
@Indo: me he apuntado a un blog taller literario que plantea unos retos semanales y este es el primero. Gracias por tu comentario, no sabes cuánto ayuda…
Color sepia brillante, Entreflores. Muy, muy bueno. Seguro que habÃa gravilla en el camino hacia el cementerio: oÃa los pasos, chas, chas…
Adelante con los retos. Yo me metà en la página cuando la puso Petite, pero no sé qué tengo en la cabeza, que cuando me dicen “escribe sobre ésto” me sale automáticamente cualquier otra cosa. En fin. Me leeré los vuestros, que van sobraditos de calidad, desde luego…
Besos.
Ay, por cierto, te contesto el comentario: el miniChico tiene que salir YA. (Vamos, hijo, si aquà fuera hay más sitio…). Mi hermano está de periodista-becario-explotado en PekÃn, seis meses, hasta navidad, y no estará aquà cuando nazca su sobri (snif). A la superestar Valdemoro no la conozco (que ya me gustarÃa), pero ya sabes que adoro el Ba-lon-ces-to, y mi hermano, que le hizo una entrevista hace un par de dÃas, pues le pidió que se tirase el rollo…
Realmente emociona la manera en que lo narras …
Yo que he pasado muchos veranos en un pueblo parecido me he sentido inmediatamente transportada.
Me ha parecido triste, cercano y tierno a la vez…