Sep 222008
Cuando tienes dieciocho años no te planteas dilemas existenciales que no vayan más allá de la mera puesta en duda del sentido de la vida. Al menos yo dedicaba mis energías a conocerme y tratar de explicarme el mundo; aunque casi diría que me dedicaba básicamente a petarme granos de la cara, aprobar asignaturas y soñar con qué sería de mí cuando tuviera ya, por los menos, 25 años.
Esa edad suponía la cercanía a la libertad plena, dejar el nido familiar y encontrar un trabajo muy bien remunerado, en alguna redacción próxima al portal de mi nuevo apartamento… continúa leyendo

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