Cómo cambia el cuento
22 09 2008Cuando tienes dieciocho años no te planteas dilemas existenciales que no vayan más allá de la mera puesta en duda del sentido de la vida. Al menos yo dedicaba mis energías a conocerme y tratar de explicarme el mundo; aunque casi diría que me dedicaba básicamente a petarme granos de la cara, aprobar asignaturas y soñar con qué sería de mí cuando tuviera ya, por los menos, 25 años.
Esa edad suponía la cercanía a la libertad plena, dejar el nido familiar y encontrar un trabajo muy bien remunerado, en alguna redacción próxima al portal de mi nuevo apartamento, el cual compartiría con mis mejores amigos, un ático con decoración al estilo Friends. Cuando tienes veinte años hay palabras que no forman parte de tu diccionario mental: hipoteca, Euribor, burbuja inmobiliaria…
La cosa se va torciendo a medida que vas viendo que tu vida no depende de ti sino de factores totalmente ajenos a tu esquema vital. Estudias lo que la nota de corte te permite, siempre y cuando te concedan una beca y el día de la matrícula la armonía de las constelaciones sea propicia para tu signo astral. En aquel año los putos astros deberían de estar de botellón, todos juntos, vete a tú saber dónde pero no me concedieron la beca y descubrí lo del pluriempleo, las cuentas ahorro y toda esa basura llamada vida adulta.
Si algo me molesta de la vida es cómo van creciendo las limitaciones a medida que van pasando los años. La capacidad de elección se va reduciendo hasta tal punto que acabas agradeciendo poder elegir el tipo de pasta de dientes y el color de los calcetines. Pero el ritmo de la rutina es tan frenético y constante que cuando te paras a mirar qué ha sido de aquél ático compartido con las amigas, el puesto de redactora y tu vida a los 25, te das cuenta de que hoy cumples 35 años y ya sólo quedan diez días para cobrar.
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