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Síndrome de abstinencia

15 10 2008

Han pasado 10 días desde que comencé mi vida descafeinada y casi podría decir que la prueba ha sido superada. De todas maneras, todavía me quedan 20 días por delante para cumplir el reto que me planteé inicialmente pero creo que lo peor ya lo he pasado y, después de buscar bastante información al respecto, creo que todo lo que he pasado estos días ha sido un síndrome de abstinencia en toda regla.

Hoy ha sido la primera mañana que todo ha vuelto totalmente a la normalidad: me he despertado (sin necesidad de despertador) a las cinco y cuarto y me he puesto a escribir (para los que tienen tantas dudas sobre a qué hora me acuesto ayer me acosté pasadas las once de la noche). La semana pasada me levantaba sobre las seis de la mañana y totalmente obligada, con un dolor de cabeza insoportable y una desgana desesperante. Agradezco vuestro apoyo y no os animo a que dejéis el café si con ello os sentís bien. Yo, de momento, no veo que haya ganado demasiado con ello, excepto unos dolores de cabeza históricos y un malestar general irritante los primeros 7-8 días.

En cuanto a lo de desmicrosoftarme, tengo casi vendido mi portátil y para Reyes espero haberme sacado con pequeñas chapucillas la pasta que necesito para comprarme un MacBook. Pensaba que Apple aprovecharía la crisis para bajar el precio de sus portátiles pero al Sr. Jobs la crisis le importa tres pares de narices así que esperaré a ver qué pasa con el variable mercado de los laptops para tomar una decisión a finales de año.

Aparte de estos dos retos, estoy pensando seriamente en darle un giro al blog (tanto en diseño como en contenido) pero es bastante más a medio y largo plazo así que ya iré reflejándolo. De momento, esta tarde he quedado para asistir a mi primera TwittParty y el mes que viene iré al Congreso de Webmasters de Madrid (a ver qué aprendo).

Que mi vida puede ser descafeinada pero no aburrida.

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Vida descafeinada

10 10 2008

Hace unos días tomé dos decisiones muy importantes: descafeinarme y desmicrosoftarme. Lo segundo conlleva más tiempo (y dinero). Lo primero es totalmente gratis y empecé el lunes con la intención de explicarlo aquí pero hasta ahora, viernes a las 5:57 de la mañana, no he estado lo suficientemente sana para contarlo.

Yo era de esas personas que dicen: “sin mi primer café no soy persona” y aunque llevo cinco días de abstinencia la verdad es que daría mi reino por una taza de café con leche, con su amargura, su cremita y su aroma intenso. Sin embargo miro y veo un triste tazón de leche con Nesquick (es la primera mañana que bebo leche, el resto he tomado infusiones o nada porque estaba malísima). Pero os cuento.

Tal y como os he dicho, el lunes fue mi primer día sin café después de prometerme la semana pasada que sería la última tomando café. Quizás os preguntéis a qué viene esto, bueno, como no fumo ni bebo y lo más parecido a una adicción es lo del café, he querido comprobar en mis carnes lo que pasa cuando tienes que dejarlo. Y la verdad es que no debe de ser muy bueno cuando me he sentido como me he sentido. Quizás haya sido un cúmulo de circunstancias pero ya es casualidad que desde la misma mañana que no tomo mi primer café, como hasta ahora en los últimos veinte años, me haya encontrado como un andrajo.

La primera mañana sin café (el lunes) llegué a la oficina y a medida que iban pasando las horas empezaba a sentir mi cabeza como embotada y no había narices a concentrarme en lo que hacía. Luego el embotamiento pasó a una jaqueca de las históricas y después de comer no sé cómo ni por qué volví al trabajo. Resistí hasta las cinco y nada más llegar a casa me acosté. No di señales de vida hasta las siete de la mañana del día siguiente, martes.

El martes el dolor de cabeza insistía pero ya lo había conseguido mitigar a fuerza de paracetamol, entonces la cosa se bajó hacia abajo, justo en el vientre. Unos retortijones en las tripas que me doblaban pero desde luego era más llevable que el dolor espantoso de cabeza del día anterior. El martes por la noche había quedado con mis amigas, como cada mes, y cuando volví a casa, pasadas las once, tenía la barriga como para parir quintillizos.

Y así amanecí el miércoles, con la barriga hinchada y el dolor de cabeza todavía latente. Seguí automedicándome convencida de que si el miércoles por la tarde la cosa no iba a menos iría al médico. Pero al final fue menguando y el jueves me levanté siendo casi persona. Con la cabeza y la barriga como siempre y casi ganas de hacer algo.

Hoy viernes me he levantado a las cinco, recuperado mis hábitos y sigo sin probar el café. El reto consiste en aguantar 30 días y ver qué  pasa. Si supero el reto ya veremos qué hago después, depende de las sensaciones… de momento he vuelto a ser persona y no me ha hecho falta el primer café de la mañana.

¿Y tú, llevas tu vida con o descafeinadamente?

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Cómo perder 5 kilos y no morir (de hambre) en el intento

7 09 2008

Hace unos días escribía sobre la Operación Otoño; acababa de averiguar que la báscula del baño estaba poseída por el mismísimo demonio: llevaba casi un mes devolviéndome la misma cifra diabólica: 66.6 Kgs. El único exorcismo posible era ponerme a dieta pero es mencionar esa palabra y venirme unas ganas enormes de asaltar la nevera, así que decidí tomármelo con calma… a mi ritmo (bastante tenía yo ya con la depresión postvacacional).

Las grandes decisiones requieren pequeños cambios así que empecé por renunciar al segundo café con leche de la mañana sustituyéndolo por una infusión (té verde o rojo, tomillo, etc). Además, para desayunar me llevo a la oficina un pequeño bocadillo y así a mediodía no llego a casa con ganas de comerme al perro. Otra cosa que he aprendido en mi dilatada experiencia con las dietas es que no hay nada que engorde más que el aburrimiento, así que estos días he decidido volcarme en un par de proyectos que tenía pendientes desde mayo y, la verdad, es que ha merecido la pena.

Si algo tenía claro es que no quería recurrir a dietas milagro tipo pierda-20-kilos-en-3-días-sin-pasar-hambre. Mi planteamiento inicial era llegar a los 62 kilos el día de mi cumpleaños (el 21 de septiembre); hoy me he pesado para ver cómo me ha ido y me he llevado una grata sorpresa: 65 kilos. No es que sea algo extraordinario (1.6 kilos en 14 días) pero el éxito también puede medirse por el esfuerzo requerido para conseguirlo y yo os aseguro que no puedo llamar dieta a lo que hago.

Por otro lado, sé que perder el primer kilo es más fácil que perder el último gramo, así que ahora imagino que viene lo complicado, el RETO con mayúsculas. Tengo otros 14 días para dejar 3 kilos (aunque lo más difícil es dejar los malos hábitos). De momento os prometo continuar… luego veremos hasta dónde llego.

Os espero aquí el próximo domingo con el siguiente capítulo del serial “Cómo perder 5 kilos y no morir (de hambre) en el intento”…

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